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Preguntas y respuestas sobre la Reconciliación

¿Por qué los católicos confiesan sus pecados a un sacerdote?

En los Sacramentos experimentamos el amor de Dios. Durante la Reconciliación, se nos da el don de poder escuchar al sacerdote ofreciéndonos el perdón de Dios y de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.  Celebrar este Sacramento requiere de un cuidadoso examen de conciencia. Este proceso de examinación, que requiere que seamos sinceros en cuanto a las acciones equivocadas que hemos hecho y a las acciones correctas que hemos dejado de hacer, es el primer paso para saber y comprender que necesitamos el perdón de Dios.

¿Puede un niño de siete años verdaderamente pecar?

Cuando vemos el pecado desde la perspectiva de un adulto, por supuesto que la capacidad de un niño para pecar no se puede comparar con lo que es posible para nosotros. Sin embargo, he aquí lo que constituye un pecado: que alguien esté consiente de estar haciendo algo incorrecto (contrario a la voluntad de Dios) y que tenga libre albedrío. A los niños constantemente se les está enseñando lo que Dios quiere para nosotros y de nosotros. Como padre, usted sabe mejor que nadie si su hijo puede distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Uno de los regalos más grandes que puede darle a su hijo es ayudarlo a comprender la necesidad de examinar su conciencia y estimular su deseo de crecer continuamente en la comprensión del plan que Dios tiene para él.

Si Dios nos ama incondicionalmente, ¿por qué tenemos que prestar tanta atención a los pecados?

En la Sagrada Escritura, una de las cosas que Dios nos revela es que hemos sido creados por amor, en amor y que tenemos la capacidad de responder en amor. También aprendemos que tenemos libre albedrío y que podemos aceptar o rechazar el amor de Dios. Las consecuencias del rechazo son significantes. Aunque Dios siempre nos amará, debemos alejarnos del pecado y recibir el perdón por el que Jesús murió. Dios no nos forzará a nada, ni siquiera a recibir su amor. Si lo que deseamos es la comunión con Dios y con otros en este mundo y en la vida eterna, necesitamos estar abiertos a la misericordia de Dios. Y eso comienza prestando atención a nuestras acciones: las incorrectas y las que deberíamos hacer y no hacemos.

Si nos podemos arrepentir antes de nuestra muerte y ser perdonados, ¿no basta con eso?

¿Te han dado alguna vez una disculpa fingida? Los niños a menudo las dan cuando los padres les ordenan: “¡Dile a tu hermana que lo sientes!”. Es posible que, al decirlo, ese “lo siento” sin entusiasmo esté lleno de mala disposición y no sea sincero. Todos, especialmente la hermana, saben que esto no es arrepentimiento verdadero. O tal vez su esposo le diga: “No sé qué hice, pero te pediré una disculpa si dejas de ignorarme”. Para arrepentirnos sinceramente se requiere que sepamos qué acción incorrecta hemos hecho. También se requiere sentir contrición por el daño y el dolor causados. Aunque confesemos y proclamemos la misericordia de Dios, debemos comprender que, para recibir esa misericordia, nuestros corazones deben estar llenos de arrepentimiento.  

¿Qué posibilidad hay de que una persona que nunca se ha preocupado de vivir una relación correcta con Dios y con otros experimente un arrepentimiento completo y sincero al final de su vida? Aunque todo es posible, no es probable. Y siempre hay la posibilidad que la persona no tenga tiempo de pedir perdón. Santa Catalina de Siena lo plantea de esta manera: “El camino hacia el cielo es ya el cielo y el camino hacia el infierno es ya el infierno”.

¿Por qué es importante que mi hijo memorice el Acto de Contrición

Cuando experimentamos cualquier cosa por primera vez, a menudo nos sentimos nerviosos y ansiosos. En esas situaciones, la buena preparación y la posibilidad de apoyarnos en algo estructurado nos puede proporcionar consuelo y alivio. Esto sucede así especialmente con los niños. Aunque el Rito de la Reconciliación permite a los penitentes usar sus propias palabras para la oración, es bueno tener palabras establecidas que se pueden usar para darnos confianza y tranquilidad. Cualquier Acto of Contrición debe incluir algo que indique que comprendemos que somos pecadores y que necesitamos la misericordia de Dios. También debe incluir nuestra resolución de crecer en santidad para no continuar con los mismos patrones de pecado. El Acto de Contrición no debe ser una oración reservada solo para el Sacramento de la Penitencia. Repetir el Acto de Contrición cada noche como parte de nuestras oraciones nocturnas es un maravilloso recordatorio de nuestra necesidad de perdón. Esto ayuda a los niños, así como a nosotros los adultos, a tener siempre en mente la responsabilidad de estar atentos para saber adónde nos encontramos en nuestra jornada de fe y qué necesitamos para crecer como discípulos de Cristo.

Si existe alguna manera en la que podamos ser perdonados como grupo, sin tener que confesar nuestros pecados individualmente, ¿por qué no podemos simplemente hacerlo así?

Existen varias formas de realizar el Rito de la Reconciliación. Hay una forma de celebrar el Rito que permite que los penitentes confiesen sus pecados silenciosamente y que el sacerdote conceda una absolución general como signo y símbolo del perdón de Dios. Sin embargo, esta forma del Rito solo puede usarse en emergencias, tales como en un campo de batalla o durante un desastre natural. Aun así, a los penitentes se les instruye diciéndoles que en su siguiente confesión deberán incluir una confesión personal de sus pecados. ¿Por qué es tan importante confesar verbalmente nuestros pecados? La acción de nombrar algo en voz alta tiene consecuencias importantes en nuestra condición humana. ¿Se preguntó alguna vez por qué cuando las personas que tienen problemas con alguna adicción se reúnen para apoyarse mutuamente comienzan sus reuniones diciendo: “Soy José y soy alcohólico (o adicto a las drogas)”? Ellos asisten a esas reuniones porque sufren de alguna adicción y al decir esas palabras en voz alta, se recuerdan que deben permanecer alertas y sacar a la luz lo que previamente habían ocultado en la oscuridad. Al admitir esto, reciben la gracia de vivir un día a la vez. Por la misma razón, confesamos verbalmente nuestros pecados —para sacar a la luz lo que ha estado en la oscuridad y ofrecerle esos pecados a Dios mediante el sacerdote—. Para poder experimentar poderosamente el perdón de Dios, primero debemos confesar nuestros pecados con humildad. Al hacerlo, nos abrimos a la gracia que nos permite no repetir esas ofensas y vivir en libertad como hijos de Dios.